La otra tarde entré a un supermercado junto a mi garaje y veo a un tipo de unos sesenta años, mirada entre beatífica y pícara que se acerca al cuarto donde se viste y descansan las chicas del establecimiento. Desde la puerta, como un exhibicionista, les dice: a que no la tocáis. No os atrevéis… El ” carioco” (consultar tebeos antiguos) llevaba en brazos una iguana del tamaño de un gato grande. Las chicas gimieron y cerraron la puera y el orate sonrió babosamente. Cuando vi la escena y la intención de pasearse por el local haciendo la gracia de la iguana reaccioné por un instinto de higiene. La limpieza en la omida me parece sagrada. Le grité la orden de que saliera inmediatamente y el tipo se pasmó. Se ve que nadie le había prohibido asustar con la enorme iguana. Balbuceó unas palabras de queja y le enseñé el teléfono diciendo que le iba a denunciar . Cruzó sorprendido el super y salió por la puerta del otro lado… mientras tanto el público me miraba como si el peligro fuera yo. Me gustan las iguanas , pero en la selva. Otro día les contaré del pordiosero que se desplaza por Zaragoza con un trineo de perros sarnosos.
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